Raúl Ibarra, el atleta del pueblo

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CADA / Figuras en el recuerdo

Por LUIS VINKER

                        Hace ya muchos años, cuando conversábamos con aquel notable entrenador –especialmente de pruebas de larga distancia- que fue Manolo Rivera resurgió el tema de los grandes atletas que tuvo la Argentina en esa especialidad. Por supuesto, los nombres de nuestros medallistas olímpicos (Zabala, Cabrera, Gorno) siempre estaban al tope, acompañados por otros históricos, desde José Ribas o Roger Ceballos hasta Osvaldo Suárez, Walter Lemos y Domingo Amaison en las décadas del 50 y 60. Pero Rivera precisó: “En ningún repaso del atletismo argentino puede faltar el nombre de Raúl Ibarra como uno de los diez mejores valores de todos los tiempos”. Y ciertamente es así, no sólo por sus marcas y conquistas, sino por la vigencia de Ibarra dentro de nuestro atletismo y por el cariño popular que despertó en su tiempo. Y si no alcanzó la dimensión olímpica de los otros nombres fue, sencillamente, por el infortunio: alcanzó su esplendor técnico cuando el mundo padecía los horrores de la Segunda Guerra Mundial. No hubo Juegos ni en 1940, ni en 194

            Un artículo escrito por el arquitecto Luis Vitores en “A sus marcas” en 1954 lo sintetizó así:

            “Raúl no ha tenido la suerte que se merece. Cuando, con menos años y más riqueza atlética, ostentaba su mejor forma y derribaba marcas que parecían inamovibles, todos teníamos puestos los ojos en él y en el maratón olímpico que se avecinaba. Sobrevino la guerra mundial, no hubo Juegos y Raúl tuvo que quedarse en casa, con la amargura tremenda de no haber podido intentar la conquista del espaldarazo máximo a que puede aspirar un deportista”.

            Andy Milroy, uno de los más rigurosos investigadores sobre el atletismo de fondo, describió los comienzos de Raúl Ibarra y su hermano Ubaldo en Paraná, a fines de la década del 20. Juan Raúl Ibarra había nacido el 7 de mayo de 1914 y Ubaldo, un año después. “Oscar Martínez, un destacado ciclista, fue el que los animó a realizar gimnasia y ejercicios físicos. Ellos venían de una familia humilde, como tantos otros destacados fondistas. Y empezaron a correr con Francisco Francetti, el mejor atleta de esa ciudad. Lo hacían en las plazas, primero como entrenamiento y después para competir”, apuntó.

            El atletismo los llevó primero a Santa Fe y luego a Buenos Aires, donde llegaron muy jóvenes. El primer gran impacto de Raúl se produce en la fría y nublada mañana del 17 de noviembre de 1934, cuando la revista El Gráfico organiza la edición inaugural de lo que sería el gran clásico de nuestras carreras de fondo por un largo tiempo: el Maratón de los Barrios. Se largaba en su sede de México y Azopardo, atravesaba las calles y avenidas –todavía empedradas- de Retiro y el Centro para iniciar su regreso y terminar en la antigua cancha de Boca. Sobre una distancia aproximada de 20 kilómetros, con 226 participantes y la dirección técnica de otro nombre legendario del atletismo argentino (Felipe Lacoste), Ibarra protagonizó un intenso duelo con el bahiense Armando Sensini, el mismo que sí tendría destino olímpico mucho después. Ibarra, quien había sido convocado por el entrenador Francisco Mura para las filas del Deportivo Andino, consiguió despegarse en los tramos finales para ganar en 1 hora, 7 minutos y 13 segundos. Sensini lo escoltó con 1h07m47s y tercero llegó Santiago Recabarren con 1h10m03s. Más de quince mil personas los recibieron en la cancha.

            Mientras alternaban sus entrenamientos y sus intervenciones en pruebas de calle, los hermanos Ibarra también participaban en la pista. Y fue Ubaldo, todavía “junior”, el más destacado en los primeros tiempos. En aquella temporada de 1934 logró el primero de sus cinco títulos nacionales consecutivos sobre 5.000 metros llanos y se le computó un registro de 8m38s0 en 3.000, que pudo considerarse como el mejor del mundo para su edad. También tuvo marcas como 15m03s4 en 5.000 y 32m00s4 en 10.000 con edad de juvenil.

            Los hermanos Ibarra aparecieron en la Selección Argentina para el Campeonato Sudamericano de Sao Paulo, en 1937, donde Raúl conquistó el primero de sus tantos títulos, en la prueba de cross country, en tanto Ubaldo se llevó tres medallas de plata con los 5.000  y 10 mil metros, y los 3.000 por equipos. Para Raúl fue el comienzo de uno de los ciclos más exitosos de atletas argentinos en esa competición, en la que acumuló 8 medallas de oro (es el quinto argentino más ganador), dos de plata y una de bronce.

            En Lima (1939) escoltó a Roger Ceballos sobre 10 mil metros y al chileno Manuel Carrero en el cross country. Pero en Buenos Aires (1941), llegaría su consagración: cuatro títulos, algo que solo otro atleta argentino ha logrado en un mismo Sudamericano, el múltiple Valerio Vallania en 1926. Ibarra fue la gran figura de ese Campeonato disputado en la pista de Gimnasia y Esgrima desde fines de abril, superando a corredores que también se convertirían en históricos en los tiempos siguientes.

            Ibarra fue el abanderado del equipo nacional en la ceremonia inaugural, encabezada por el entonces ministro de Guerra, el general Juan Tonazzi. Y su cosecha de triunfos se inició en los 3.000 metros por equipo, donde la formación argentina fue un auténtico lujo, liderada por Ibarra (8m39s8 como mejor de la clasificación individual) junto a los posteriores medallistas olímpicos Delfo Cabrera y Reinaldo Gorno. Tres días más tarde, Ibarra se adueñó de los 5.000 metros con 14m57s, seguido por Gorno (15m12s1) y el chileno Raúl Inostroza (15m13s3). Como en el resto de las pruebas, impuso su superioridad desde el arranque pero aquellos 5.000 tuvieron otra curiosidad: su hermano Ubaldo se trenzó a los codazos con el chileno Gustavo Rojas y ambos fueron descalificados. El 1° de mayo, Ibarra ganó el cross country por los bosques de Palermo, delante de Inostroza. Y completó su despliegue en los 10.000 metros, dos días después, marcando 30m45s0, mientras –a lo lejos- Gorno superaba al chileno Millas en una emotiva lucha por la medalla de plata. Las crónicas de aquel momento nos describen “el fervor popular con la llegada de Ibarra, sus pies sangrantes y la felicidad del triunfo”. Se había convertido en ídolo. El Gráfico lo describió así: “En el preciso instante en que Ibarra reapareció ante la vista del público, siempre con ese accionar suyo que parece desconocer por completo el cansancio, estalló en el estadio un clamor imponente. Fue un grito unánime, espontáneo, fogoso, como solo estamos acostumbrados en los grandes partidos de fútbol. Fue un verdadero golazo para el alma del pueblo que lo veía triunfante”.

            A esa altura, Ibarra ya se había apoderado de casi todas las marcas sudamericanas en pruebas de fondo. Y estimulado por su performance del Campeonato Sudamericano, prepara otro intento para el 14 de junio en el mismo escenario de Gimnasia y Esgrima. Delante de miles de espectadores, establece el récord mundial de los 20 mil metros con 1 hora, 3 minutos, 33 segundos y una décima, mejorando el registro que Juan Carlos Zabala, nuestro campeón olímpico de maratón, había fijado cinco años en Munich (1h04m00s2). Se trata de una distancia que, en las últimas décadas, prácticamente no se realiza en los programas de pista pero que, a lo largo de su historial, fue abordada con récord del mundo por grandes nombres del atletismo de fondo como Emil Zatopek, Ronald Clarke o Gaston Roelants. En plena época de conflicto mundial y con las cuestiones reglamentarias del atletismo poco atendidas, nadie se ocupó de enviar la planilla a la IAAF para la homologación oficial. El registro de Ibarra –que había registrado parciales de 9m12s en los 3.000 metros, 15m21s6 en 5000 y 31m16s2 en 10000- fue mejorado poco después por un húngaro, Andras Csaplar, quien marcó 1h03m01s2 el 26 de octubre en Budapest.

            Nicolás Pelosi, por largo tiempo directivo del atletismo nacional y columnista de El Gráfico, escribió que “Los resultados no han hecho sino confirmar la pasta y la gran clase de este campeón. Ejemplo de disciplina, modesto, silencioso, fue al estadio de Gimnasia el sábado a la tarde, plena de luz y sol, como si el tiempo hubiera querido asociarse a la magnífica hazaña que iba a cumplir el muchacho entrerriano”.

            Pero la lista de récords de Ibarra en aquella época y todos en Buenos Aires todavía impresiona:

  • En los 3.000 metros, igualó la marca nacional de Roger Ceballos (8m36s6 en 1934) el 9 de noviembre de 1940. Llevó el tope sudamericano a 8m30s4 el 10 de marzo de 1941 y a 8m25s4 el 3 de junio de 1944. Recién en 1955, y en su gira europea, Osvaldo Suárez pudo superarlo (8m23s2 en Nürenberg).
  • También Roger Ceballos era el anterior propietario del tope sudamericano de los 5.000 metros con 14m54s4 desde 1936. El 13 de octubre de 1940, Ibarra lo colocó en 14m53s0 para volver a mejorarlo con 14m37s0 el 1 de marzo de 1941 y con 14m24s8, el mejor registro de su vida, el 20 de mayo de 1944. Apenas dos años antes, el sueco Gunther Hagg había logrado el primer sub-14m del mundo en esa distancia (13m58s2). Como tope sudamericano, el registro de Ibarra recién pudo ser superado por Suárez en 1956 con 14m20s7.
  • En la otra clásica distancia de pista, los 10 mil metros llanos, el récord sudamericano pertenecía a “Zabalita” con 30m56s2 en Stuttgart, desde 1936. Ibarra consiguió una rebaja de casi veinte segundos (30m36s8 el 14 de diciembre de 1940) y también se ocuparía Suárez de mejorarlo muchos años más tarde (30m30s0 el 12 de febrero de 1955). A la semana siguiente de ese récord, Ibarra dominó el fondo en los Nacionales de Rosario con 15m32s2 en 5.000 –seguido por su hermano Ubaldo- y 32m.49s0 en 10 mil, en tanto Delfo Cabrera aparecía en el firmamento atlético con su primer título nacional, sobre 1.500 metros.

En su pasaje a la ya mencionada hazaña mundialista de los 20 mil metros, Ibarra batió los tope sudamericanos de distancias como las 10 millas (50m55s) y la hora (18.874,91 metros).

            Ibarra movió tanto tabla de récords como acumuló  triunfos en las distintas pruebas populares de nuestro país. Y en los Campeonatos Nacionales, donde obtuvo ocho veces el título de los 10 mil metros, entre 1936 y 1952, una cifra que sólo había acumulado José Ribas (además, Ibarra triunfó dos veces sobre 5.000 metros, en 1940 con 15m32s2 y en 1943 con 14m53s0). Esta última fue una de las más recordadas pruebas, donde lo escoltaron tres de los hombres que podrían saborear la gloria olímpica: Cabrera, el mendocino Eusebio Guíñez y Gorno. Volvió a apuntalar al equipo nacional en el Sudamericano de 1945 en Montevideo, donde –con la vuelta de su hermano Ubaldo y con Cabrera- lograron los 3.000 metros por equipos. En las individuales, Raúl Ibarra recuperó los títulos de 5.000 (15m00s4) y 10.000 (31m52s6), escoltado aquí por Gorno. Y completó su despliegue con la medalla de bronce en el cross country, ganado por Gorno.

            Ibarra fue uno de los principales fondistas del mundo en aquel período signado por la guerra, aun considerando que la actividad en la mayoría de los países centrales del atletismo quedó detenida. Por ejemplo, su récord de 14m.24s.8 para los 5.000 metros en 1944 lo elevó al cuarto lugar de la lista mundial de esa temporada, sólo superada por los fenómenos del momento: Viljo Heino (el último de los “finlandeses voladores” que marcó 14m09s6 ese año y los suecos Costa Jacobsson y Hagg, poseedor éste de todos los récords desde 1.500 hasta 5.000). Entre las pocas competencias internacionales que se mantuvieron en aquel momento figuraba el circuito “indoor” de Estados Unidos, del cual Hagg fue uno de sus principales animadores. “A Ibarra lo invitaron a participar en 1942 –cuenta Domingo Amaison- pero no quiso ir ya que la invitación no incluía a su entrenador Alfredo Albónico”. La campaña atlética de Ibarra era guiada por Albónico en las filas de su club, Unión Deportiva Argentina, y entrenaban en Parque Avellaneda, una zona de quintas y viveros, donde también se encuentra una pista de 333 metros.

            Acaso desalentado por aquella frustración con los Juegos Olímpicos, Ibarra se fue alejando por un tiempo del atletismo, para retornar a comienzos de los 50. Así pudo recuperar el título nacional de los 10 mil metros y clasificar para los primeros Juegos Panamericanos, en Buenos Aires. No se encontraba en la mejor condición física y tuvo que abandonar, en una prueba dominada por el estadounidense Curtis Stone delante de dos fondistas locales, Ricardo Bralo y Ezequiel Bustamante.

            Osvaldo Suárez, la más fulgurante aparición del atletismo argentino a comienzos de los 50, tenía a Ibarra como ídolo. Y fueron compañeros en el equipo para el Sudamericano Extra de 1953, en Santiago de Chile. Suárez obtuvo los 5.000 llanos con 15m23s1, Ibarra lo escoltó con 15m25s5 (y también fue tercero en los 10 mil metros). Ya con más de 40 años de edad, seguía en plena competencia y se atrevía a las distancias del gran fondo. En los Nacionales de 1954 quedó segundo en la prueba de ruta sobre 25 kilómetros, ganada por Pedro Caffa en 1h29m42s. También clasificó para el maratón de los Panamericanos de México (1955), donde la altitud prácticamente desalentó a casi todos los competidores, allí Ibarra terminó séptimo.

Esa temporada de 1955 lo muestra muy activo en la temporada de pista y calle de la ciudad. Mientras Osvaldo Suárez y Reinaldo Gorno realizan su gira europea, Walter Lemos es el animador de las pruebas locales. El 22 de mayo, Platense celebra sus Bodas de Oro con una prueba de unos 15 km donde Lemos marca 43m32s e Ibarra lo escolta con 44m04s. Y el 15 de julio se realiza otra prueba sobre la misma distancia entre el Obelisco y Núñez, donde Lemos marca 44m08s e Ibarra termina quinto. El presidente Juan Domingo Perón estaba en la llegada para la entrega de premios, una moto le corresponde a Lemos y tiempo después, con la caída del gobierno, eso le costaría caro (una injusta sanción). El 14 de agosto, con motivo de la inauguración de la pista del Parque Chacabuco, celebran un medio maratón, donde Ibarra termina tercero con 1h11m14s, detrás de Melchor Palmeiro (1h09m08s) y el tucumano Armando Pino (1h11m13s). Y tres semanas más tarde, un nuevo medio maratón, esta vez en Olivos, lo encuentra a Ibarra en el segundo lugar con 1h08m20s, con otro triunfo de Lemos (1h06m40s). El cierre de temporada es en la pista de GEBA con motivo de los Nacionales, las últimas medallas para la gloriosa carrera de Ibarra: subcampeón de 5.000 con 15m23s6 detrás de Lemos (14m51s8) y subcampeón de 10.000 con 32m26s9, escoltando a Pino (32m07s1).

            En 1956, y cerca de su despedida, Ibarra insistió como maratonista en Buenos Aires: fue el 12 de agosto durante la prueba Lacoste-Luisi. Allí venció Pino con 2h31m29s, seguido por Humberto Bianchetti con 2h32m16s e Ibarra, tercero con 2h33m53s. Amaison recuerda que Ibarra también estuvo a fines de ese año en un selectivo para San Silvestre, que se realizó una noche por la avenida Belgrano. “Para nuestra generación, era un gran referente. Además, un personaje excepcional, muy abierto, admirado por todos, siempre contando historias. Osvaldo (Suárez) lo quería muchísimo, tanto él como Luis Sandobal lo ayudaron cuando dejó el atletismo”.

            Ya alejado de las competiciones, Ibarra seguía alentando a los nuevos corredores, con su infaltable mate al borde de las pistas, acompañando a equipos entrerrianos en los Nacionales o alentando en las llegadas de las carreras populares.

            Cuando falleció, en 1972, Vitores volvió a evocarlo: “Arriba, Raúl… Bien arriba… En el cielo. Y aquí abajo, en la tierra, tu recuerdo imperecedero sustentado en dos piedras basales inamovibles: tu capacidad física extraordinaria. Y tu calidad de deportista puro que se dio de lleno al atletismo sin pedirle nada, aún teniendo para ello mejores derechos que muchos arribistas del deporte”.

FOTO: a los 20 años, vencedor en el primer Maratón de los Barrios que organizó El Gráfico, en 1934.

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