Juan Carlos Anderson, otro grande de los ’30

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CADA / Atletas en el recuerdo / Por LUIS VINKER

Fue uno de los grandes atletas argentinos de la década del 30 y el único que pudo instalarse en una final olímpica del mediofondo. Integró el reducido pero exitoso equipo en los Juegos de Berlin, en 1936, y también se consagró campeón sudamericano. Tuvo que retirarse muy joven –con apenas 23 años- pero sus récords, tanto en los 400 como en los 800 metros, marcaron verdaderos hitos en nuestro atletismo. También fue un símbolo del Belgrano Athletic, uno de los clubes tradicionales de nuestro país, al que llegó a presidir. Juan Carlos Anderson, de él se trata, había nacido el 9 de enero de 1913.

            La revista El Gráfico lo presentó así: “Apareció en el torneo Municipal de 1931, siendo un desconocido. Se anotó en tercera y en segunda categoría de los 400 metros, venció en las dos pruebas. ¿Quién era ese inglés´ flaco y largo que corría representando a un club de Pergamino? Juan Carlos Anderson… El nombre no sonaba. Pero ‘el inglesito’ ganaba las carreras”.

            En realidad, había nacido en Buenos Aires pero pasó algún tiempo en Pergamino por razones de trabajo de su padre, él sí inglés, llegado con la inmigración de principios de siglo para trabajar en el Banco de Londres. Juan Carlos Anderson comenzó a practicar atletismo cuando estudiaba en el English High  School, un instituto legendario en su época bajo la dirección de Watson Hutton, y siguió en Pergamino. A los quince años, su padre decidió enviarlo a Inglaterra para que trabajara como cadete en una compañía de seguros.

            “A mí me seguía gustando el atletismo y busqué la manera de practicarlo, lo hice en el Herne Hill Club. Allí me llevó H. Johnston, un fondista olímpico que trabajaba en la misma empresa que yo”, contó. De esa época, recordaba los nuevos sistemas de entrenamiento, los consejos para su conducta. “Los sacrificios, las privaciones y la dedicación absoluta se reducen a la época del ‘training’ y mientras duran los torneos. Pasados éstos, se vuelve a la vida de sociedad, sin cometer abusos”, decía.

            De retorno a la Argentina, se destacó rápidamente en su especialidad de los 400 metros y se proclamó campeón nacional a fines de 1931 con 50s.2. En ese mismo Campeonato, integró la posta 4×400 junto a Gerardo Lorenzo, Juan Lavenás y Juan Pina, batiendo el récord sudamericano con 3m.21s.8. Pina, semifinalista olímpico en Amsterdam, era junto a Carlos Bianchi Luti nuestro gran especialista de los 100 metros, en tanto Lavenás –compañero de Anderson en el Belgrano Athletic- sería también otro de los integrantes del plantel olímpico en Berlin, especializándose en las carreras de vallas.

            Anderson fue incluido en el equipo nacional para el Campeonato Rioplatense, un tradicional match con Uruguay, y el 30 de abril de 1932, en la pista de Gimnasia y Esgrima, se adjudicó los 400 metros con 49s.4, igualando el récord argentino. Pero en los Nacionales de ese año –celebrados a principios del 33- Lorenzo lo aventajó en la misma prueba con 50s0.

            En 1933, Belgrano Athletic se afilió a la Federación Atlética Argentina y Anderson comenzó a representarlo. El club, fundado por inmigrantes ingleses en agosto de 1896, se convirtió en uno de los puntales en varios deportes, principalmente rugby, tenis y hóckey. Pero también tuvo notables representantes olímpicos en 1936 como los citados Lavenás y Anderson y nuestra primera medallista olímpica en damas, la nadadora Jeanette Campbell.

            En el Campeonato Sudamericano del 33, entre el 6 y 9 de abril en Montevideo, Anderson fue una de las revelaciones. En los 400 metros se llevó la medalla de bronce con 49s.2, bajando en dos décimas el récord nacional, escoltando allí a la gran figura de la década, el chileno José Vicente “Potrerillo” Salinas (48s.49 y al local Héctor Domínguez, también con 49s.2. Y se consagró campeón de los 800, prueba a la que recién ingresaba. “El batacazo de ese  Sudamericano –apunta El Gráfico– se produjo en los 800 metros. El profesor Caamaño había ayudado a Anderson a perfeccionarse. Llegados los 800 metros, los chilenos, que eran los favoritos, consideraban a nuestro atleta olímpico Hermenegildo del Rosso como su rival más fuerte. Pero Anderson salió puntero, los chilenos lo dejaron ir, seguros de que le estaba preparando el terreno a Del Rosso. Este, conociendo lo que daba Anderson, se complicó para engañar a los trasandinos quedando rezagado y resignándose a perder, en un gesto que le valió la simpatía incondicional de su compañero”. Los atletas argentinos coparon el podio: Anderson fue campeón en 1m.57s.8, Del Rosso lo escoltó con 1m58s6 y tercero se ubicó Carlos Gallardo con 1m59s6 (poco después, sería el primer sudamericano en correr los 1.500 por debajo de cuatro minutos). El despliegue de Anderson en ese Sudamericano se completó con otro triunfo en la posta larga donde, junto a Dova, Kalz y Lorenzo, marcaron 3m25s0.

            Si aquella fue su consagración, en agosto sufrió una decepción, cuando se realizó en Buenos Aires un match con Japón, que llegaba con varios representantes olímpicos. “Estaba poco entrenado –indica la crónica- Anderson iba en punta, pero aceleró a 300 metros de la meta. En la última recta se quedó y ganó el japonés Fujieda. Desde entonces, cuando sus amigos quieren hacer entrar en calor al flemático Anderson basta con que le digan: Che, ahí viene un japonés”… En  los Nacionales, a fin de temporada, Anderson recuperó su título de los 400 llanos con 49s.5 y también con la posta larga.

            La temporada de 1934 significó nuevos progresos. El 16 de marzo llevó el récord nacional de los 400 a 49s.0 durante el Campeonato Interclubes. Y el 10 de noviembre, en el marco del Campeonato Municipal en Buenos Aires, consiguió 48s.4, igualando también el récord sudamericano de Salinas. Esa marca iba a permanecer como tope argentino por quince años, hasta que fue mejorada en una décima por el gran decathleta Enrique Kistenmacher en Santiago de Chile. Dos semanas más tarde, en los Nacionales, Anderson brilló en los Campeonatos Nacionales: ganó en 400 con 49s1, posta 4×400 y en 800 llanos con 1m54s2, estableciendo aquí también el récord sudamericano (a nivel nacional, recién pudo mejorarlo Antonio Pocoví con 1m54s0 en 1946).

            Debía defender su título sudamericano en Chile, en abril de 1935. Las competencias se realizaban en la pista de la Escuela Militar de Santiago. La Argentina envió un plantel reducido y apenas volvió con tres medallas de oro: dos correspondieron al fondista Roger Ceballos (5000 y 10 mil metros) y la otra a Anderson, quien mantuvo su hegemonía en los 800 con 1m55s2, seguido por el brasileño Nestor Gomes con el mismo tiempo y el que sería el ídolo local en los tiempos siguientes, Guillermo García-Huidobro (1m56s4). En los 400 metros, Anderson fue subcampeón con 49s1, a cuatro décimas del imbatible “Potrerillo” Salinas, quien así se adueñó de su cuarto título consecutivo en esta prueba.

Después de esa carrera, el diario chileno La Nación describió: “El júbilo que despertó el triunfo de Salinas fue indescriptible. El presidente de la Federación Atlética, don Alberto Warnken, embargado por la emoción, corrió para darle un abrazo, y cuando lo estrechó no pudo contenerse y le besó las mejillas lleno de contento. Los fotógrafos, los jueces y los periodistas lo asediaban en tal forma, que para el público era imposible divisarlo. La gritería era entretanto, en las tribunas y galerías, ensordecedora. De las populares le exigían impacientes la clásica vuelta. El argentino Anderson se acercó para darle un abrazo y tampoco el público chileno dejó de rendir un homenaje clamoroso al magnico atleta trasandino. Este visiblemente emocionado se acercó al micrófono y agradeció el homenaje con las siguientes palabras: ‘Estoy muy agradecido de la cariñosa recepción que me han hecho en Chile, y especialmente de este hermoso homenaje. He podido apreciar los grandes valores de ese corredor que ustedes tienen en Salinas’. Las palabras de Anderson fueron recibidas con una nueva salva de aplausos y al argentino no le quedó otra alternativa de dar también la vuelta de honor”.

            En los Campeonatos Nacionales, realizados casi a fin de año, Anderson venció por cuarta vez en los 400 con 49s.3 y fue sorpresivamente desbordado en los 800, donde quedó tercero y se impuso Alberto Montaña con 1m56s9.

            Pero con los Juegos Olímpicos de Berlin en el horizonte, era una de las apuestas seguras de la Argentina. También viajaron allí los velocistas –con un histórico cuarto puesto en la 4×100, en la carrera en la que Jesse Owens completó sus cuatro doradas- y los maratonistas Luis Oliva y  Juan Carlos Zabala. Este no pudo retener su cetro del maratón –abandonó- pero se ubicó entre los seis primeros de los 10 mil metros.

            Anderson tuvo un relevante desempeño en aquellos Juegos de 1936, marcados por la maquinaria propagandística que intentaban aprovechar los nazis y, en el aspecto deportivo, por la histórica performance de Jesse Owens.

            Recordemos:

  •  El 2 de agosto, Anderson ganó su serie de los 800 metros con 1m55s1, seis décimas por delante del polaco Kazimierz Kuchardsi.
  •  Al día siguiente, logró el tercer puesto en la primera semifinal con 1m54s8 y así accedió a la prueba decisiva. Esa semi fue ganada por el estadounidense John Woodruff con 1m52s7, quedando Kucharski segundo con 1m54s7. El campeón europeo, el húngaro Miklos Szabo, marcó 1m55s1 para su cuarto puesto y quedó afuera de la final, para la que clasificaban los tres primeros de cada semi.
  • La final se largó el 4 de agosto a las 17.45 con un clima ideal (17,2°C) y un estadio repleto, según la crónica de Enric Plá. El ritmo de la carrera fue conservador, con un pasaje lento de 57s4 para la primera vuelta y con Woodruff en punta, después de que Philip Edwards –representante canadiense- liderara hasta los 300 metros. En la recta opuesta, Edwards intentó otro ataque, pero en la última curva Woodruff se mantuvo al frente. Y apareció el italiano Mario Lanzi, subcampeón europeo para despalzar a Edwards del segundo lugar.

            Guillermo Alberto “Willy” Anderson, uno de los hijos de Juan Carlos, nos cuenta hoy: “Mi padre siempre  recordaba aquella carrera. Nos dijo que sólo conocía los antecedentes de Edwards, que pensó que éste era el favorito y por eso trató de seguirlo. Cuando lo desbordaron al canadiense, el cambio de ritmo complicó a todos”.

            John Woodruff se proclamó campeón olímpico en 1m52s9, consiguiendo así para Estados Unidos su primer título en la distancia desde 1912. Era de raza negra y, al igual que en el caso Owens, su victoria también representaba un disgusto para los jerarcas nazis. Lanzi terminó segundo en 1m53s3 y Edwards, tercero en 1m53s6. Anderson fue séptimo, precedido también por el polaco Kucharski (1m53s8) y los otros dos estadounidenses Charles Hornboster (1m54s6) y Harry Williamson (1m55s8). Detrás del argentino quedaron un australiano, Gerald Bakchouse (octavo) y un británico, Brian McCabe (noveno).

            Woodruff, apodado “Long John”, venía de una familia muy humilde de Connesville, Pennsylvania: descendiente de esclavos, eran doce hermanos y sólo él pudo seguir estudios, alcanzando la Universidad por sus prodigiosas condiciones físicas. Se recibió en Sociología en Pittsburg y pudo hacer un “master” en Nueva York. Un año después de su consagración olímpica, fijó un récord mundial de 1m47s8 durante la competencia panamericana de Dallas (antecedente de los Juegos), que no se homologó por irregularidades en la pista. Tres veces campeón universitario de su país, su mejor registro personal quedó en 1m48s6 en 1940, en Compton. También siguió la carrera militar, participó en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea, y terminó como teniente coronel. En 2006 festejó los 70 años de su victoria olímpica en Berlin pero, a esa altura, la pasaba mal: con problemas cardíacos y circulatorios, tuvieron que amputarle una pierna. Murió el 2 de noviembre de 2007 en Fountain Hills, Arizona.

            Phil Edwards, otro de los grandes protagonistas de aquella carrera y al que Anderson consideraba el favorito, había nacido en Georgetown, Guyana. Estudió medicina en la Universidad de Nueva York pero, dentro del campo atlético, eligió representar a Canadá y se convirtió en uno de los atletas históricos para ese país: medalla de bronce de 4×400 en los Juegos de Amsterdam 1928, allí también quedó 4° en los 800 y fue semifinalista de 400. Cuatro años más tarde, en los Juegos de Los Angeles, cosechó tres medallas de bronce: 800, 1.500 y posta larga. Y en Berlin, además del citado bronce de los 800 fue 4° con la posta 4×400 y 5° en los 1.500. Su triunfo mayor llegó en los primeros Juegos de la Commonwealth, al vencer sobre 880 yardas…

            Willy Anderson también nos cuenta que su padre estaba motivado por el compromiso siguiente en los Juegos, sobre 400 metros. Allí quedó segundo en su serie con 49s4 y también fue segundo en cuartos con 48s7. El quinto puesto en la semifinal con 48s5 –a una décima de su récord- no le alcanzó para ubicarse en la prueba decisiva. “Creo que ese día tropezó en la largada y perdió unas décimas valiosas, según nos recordaba”, apunta Willy.

            Semanas después, los atletas argentinos participaron en una competencia en Varsovia y allí Anderson se reencontró con Edwards. El diálogo, que hoy reproduce Willy, habría sido:

            -¿Venías detrás de mí en la final? Yo quería que fueras en punta

            -No sé, no tenía experiencia…  

Anderson recibió ofertas de universidades de Estados Unidos para estudiar y competir allí. Pero su vida deportiva había concluido con aquellos Juegos: sufrió un glaucoma, que le obligó a dejar el atletismo.

Trabajó durante un largo tiempo en la Swift, se radicó en Lincoln –donde conoció a su esposa- y en Rosario. Posteriormente, y siempre vinculado al negocio con embutidos, tuvo una fábrica en Mataderos.Practicó golf en el San Andrés y siempre se mantuvo vinculado al Belgrano Athletic, que llegó a presidir a comienzos del 60. Fue una de las épocas doradas del rugby del cub, cuando jugaba el recordado “Lucho” Gradín y que conquistó los títulos del 63, 66, 67 y 68.

Anderson tuvo tres hijos –Juan Carlos Antonio, Elena Paula y Guillermo Alberto- y falleció en septiembre de 2005, a los 92 años.

(Agradecimiento especial para esta producción a: Willy Anderson, Sam Gorrisen, Claudio Reino)

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